El capitán Andrés de los Reyes Buitrón: Prócer y baluarte de la libertad chancayana
Escribe: Hernán Anaya Arce
Desde sus albores institucionales, el Perú ha albergado a héroes de probada virtud, firmes principios y hondo coraje. Don Andrés de los Reyes Buitrón personifica esta estirpe: un ciudadano que devino en héroe tras protagonizar hazañas extraordinarias en defensa de la libertad, guiado siempre por un inquebrantable sentido del deber en el campo de batalla. En el marco de las conmemoraciones por el bicentenario de nuestra independencia nacional, resulta imperativo rescatar y transmitir a las generaciones venideras la trascendencia de su figura, garantizando que el paso del tiempo no desdibuje su memoria en la conciencia colectiva.
Nacido en la histórica villa de Chancay el 30 de diciembre de 1780, Reyes Buitrón vivió en una época signada por las revoluciones y el colapso del orden colonial. Como militar y político peruano, se consolidó como uno de los primeros patriotas en integrarse activamente a la Expedición Libertadora liderada por el general don José de San Martín. Su temprano compromiso fue decisivo para romper los lazos de la sujeción española y sentar los cimientos de la naciente República del Perú.
El 5 de abril de 1819, Reyes Buitrón participó de manera protagónica en la temprana proclamación de la independencia en Supe. En reconocimiento a sus virtudes y servicios, San Martín le otorgó el grado de capitán, incorporándolo formalmente a las filas del ejército libertador. Una vez establecido el Cuartel General en Huaura, se le encomendó la estratégica misión de desplegarse hacia el norte —cubriendo las zonas de Huacho y Chancay— con el objetivo de reclutar y organizar nuevas fuerzas insurgentes.
Esta labor organizativa rindió frutos históricos el 11 de noviembre de 1820 en el Combate de Torre Blanca. En dicha jornada, las milicias patriotas bajo el mando del capitán Reyes Buitrón se enfrentaron a las experimentadas huestes realistas dirigidas por el coronel Jerónimo Valdés, quien avanzaba desde Lima por orden del virrey Joaquín de la Pezuela con el fin de someter a la villa de Chancay. Pese a la asimetría de fuerzas, el ímpetu de las lanzas y sables patriotas se impuso sobre el enemigo. El valor, el orden táctico y la disciplina de su contingente los inmortalizaron bajo el glorioso epíteto de «Los Vencedores de Torreblanca».
Tras esta victoria, Reyes Buitrón ingresó triunfalmente a Lima junto al grueso del ejército patriota el 10 de julio de 1821, participando activamente en la Proclamación de la Independencia el 28 de ese mismo mes. Asimismo, gracias a sus persistentes gestiones y al fervor de su pueblo natal, la Villa de Chancay juró solemnemente la Independencia Nacional el 2 de diciembre de 1821. En honor a este sagrado juramento, la población chancayana se convirtió en un bastión de resistencia, contribuyendo sostenidamente con víveres, bienes y contingentes humanos durante los duros años que restaban para consolidar la guerra de liberación.
En 1822, el Protector de la Libertad del Perú designó a Reyes Buitrón como su ayudante de campo y, en mérito a su probada lealtad y sacrificios a favor de la causa emancipadora, lo incorporó a la prestigiosa Orden del Sol en calidad de Benemérito.
Su trayectoria republicana alcanzó su cenit en el ámbito político al asumir la presidencia del Senado de la República y, posteriormente, encargarse de la Presidencia del Poder Ejecutivo entre 1829 y 1831. Su acceso a la alta magistratura del país estuvo plenamente respaldado por sus indiscutibles blasones de entrega, civismo y fidelidad institucional. Estos hechos excepcionales lo sitúan con derecho propio en el altar de los personajes ilustres de la nación.
Tras una vida de entrega pública y habiéndose ganado la admiración ecuménica de la ciudadanía, el prócer se retiró de la escena política tras entregar el mando supremo en 1831. Hoy, el pueblo de Chancay rememora con legítimo orgullo el legado de su conciudadano, quien cumplió con creces sus deberes patrióticos. Don Andrés de los Reyes Buitrón falleció en Lima el 24 de julio de 1856. ¡Gloria eterna a su memoria!






