domingo, 9 de agosto de 2026

Crónica de un reencuentro de la Generacion del 70


Juan Carlos Lázaro (Lima, 1952 - 2023) fue un destacado poeta, periodista y editor peruano, perteneciente a la emblemática Generación del 70. Estudió Periodismo, profesión que ejerció con rigor analítico en diversos medios de comunicación y en el ámbito institucional. Su obra lírica destaca por una notable economía verbal, una atmósfera de sutil melancolía y una profunda reflexión sobre el tiempo, el olvido y la condición humana. Entre sus poemarios más celebrados se encuentran “Entre la sombra y el fuego” y "La casa y la hojarasca". A lo largo de su trayectoria, mantuvo una postura firme contra la comercialización banal del arte, defendiendo la pureza y la trascendencia de la palabra escrita. Su estilo, caracterizado por una depurada sencillez y un tono crepuscular, le otorgó un lugar singular y respetado en las letras contemporáneas de su país. Su partida dejó un vacío profundo en la comunidad intelectual, que hoy lo recuerda como una de sus voces más íntegras y preclaras.

Juan Carlos Lázaro, Héctor Rosas y Hernán Anaya.  

Crónica de un reencuentro de la Generación del 70

Por: Hernán Anaya Arce

Tras el curso de los años, el destino propició el reencuentro entre Héctor Rosas Padilla y Juan Carlos Lázaro, dos de las voces más preclaras y singulares de la generación poética del 70 en el Perú. Como testigo de excepción y depositario de la entrañable amistad de ambos, asistir a esta cita constituyó un hito histórico personal. Lázaro, poseedor de una dilatada trayectoria en el periodismo y de las letras, encarnaba en su cotidianidad esa rara virtud de la sencillez y el carisma. Por ello, recibir de sus manos un ejemplar de la revista SOL Y NIEBLA que editaba con Héctor Rosas enriquecido con su rúbrica y una dedicatoria personalizada, trascendió el mero formalismo para convertirse en un honor imperecedero.

Compartir la mesa con estos dos hombres de letras y participar activamente en sus deliberaciones fue un ejercicio de memoria viva. Las anécdotas desgranadas por el periodista Héctor Rosas Padilla sobre los años idos no solo rescataron el devenir de su época, sino que reactualizaron el ímpetu juvenil de sus inicios profesionales. Ambos intelectuales compartieron en su juventud las aulas del periodismo militante y los pasillos de Palacio de Gobierno, donde ejercieron el oficio periodístico con rigor analítico. Escucharlos dialogar, evocar y confrontar el pasado fue, en esencia, asistir al renacimiento de una época dorada; un privilegio que honra la memoria de quienes conocimos a Juan Carlos Lázaro.

Juan Carlos Lázaro y Hernán Anaya.  

Aquella tarde quedó cincelada en la memoria como un encuentro inolvidable, aderezado con los sabores ancestrales de la Amazonía de Rodríguez de Mendoza. La cecina y el locro amazonense y las yucas fritas nacido de las virtuosas manos de Alcira, esposa de Héctor, se erigió como un manjar excelso para la delicia de nuestros paladares. Así, entre la calidez familiar y el fervor de la palabra, Héctor, Juan Carlos, Yen y yo sellamos una jornada de comunión literaria.

Al ganar la avenida, el destino me concedió el privilegio de compartir el último viaje en taxi con Juan Carlos Lázaro. Mi trayecto concluyó en la Panamericana, mientras él seguía su rumbo hacia el horizonte. En la brevedad de esos minutos, desgranamos la compleja realidad política del país y desentrañamos el panorama de las letras, donde lamentaba la proliferación de antologías comerciales que desvirtúan la esencia del arte. Desde aquel crepúsculo, atesoro en el alma su fraterno abrazo de despedida, un eco eterno del gran poeta mayor que hoy escribe desde la inmortalidad.

 

La casa y la hojarasca

La hojarasca y el agua detenida
son todo lo vivo y lo real
de este patio y de esta casa.
El resto son fantasmas.
Que lo diga sino el centinela rojo
que dormita en el torreón de la esquina
y que sueña con la próxima batalla.
La sombra del general
se mueve tras las persianas.
Con él van su kepí, sus charreteras,
su sable, sus botas, su capa.
En su recámara crepuscular
a la luz de una vela escribe
con mano trémula: “A la patria…”
El caballo blanco relincha,
agita su cola en el aire
espantando a una mosca lunática.
Una criada vestida de luto, pálida,
prepara la mesa para la cena
a la que sólo acuden
entre candelabros dorados
el pasado, el polvo, la nada.
El resto son fantasmas.


En este poema, la quietud devora el espacio para fundar un territorio donde el tiempo se ha congelado entre la hojarasca y el agua detenida, habitada por la melancolía de un general que escribe una proclama inconclusa a la patria. Los objetos de gala militar y el caballo blanco no son ya símbolos de victoria, sino reliquias que arrastran el peso de un glorioso ayer. El poema no retrata una vivienda real, sino el ocaso de un mundo donde los seres tangibles se extinguen ante la imponente presencia del polvo y el olvido. Así, la casa se transforma en un mausoleo lírico donde los únicos moradores eternos son el pasado y la nada.

Nota bibliográfica: El poema analizado pertenece al libro La casa y la hojarasca (2001) del poeta peruano Juan Carlos Lázaro (1952-2023).



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