miércoles, 16 de noviembre de 2016

Chancay, heredad de las letras y la música: Un recorrido por sus poetas, decimistas y compositores (Siglos XX-XXI)



Chancay, heredad de las letras y la música: Un recorrido por sus poetas, decimistas y compositores (Siglos XX-XXI)

Escribe: Hernán Anaya Arce

Chancay es una tierra bendecida por una deslumbrante tradición intelectual. A lo largo de los siglos XX y XXI, notables creadores han plasmado en sus escritos la historia, las tradiciones y las costumbres de su pueblo, consolidando el progreso cultural de esta cálida y heroica ciudad. La vasta riqueza milenaria, arqueológica e histórica de este territorio ha funcionado como un paraíso de inspiración no solo para los autores locales, sino también para escritores de diversas latitudes de la región, quienes han tributado versos fervorosos a esta emblemática villa.




Los baluartes de la lírica en el siglo XX: Ortiz Dueñas y Montalvo Cortés

A inicios del siglo pasado, la poesía floreció con singular fuerza en el Norte Chico gracias a la obra de Jorge Ortiz Dueñas y Jorge Clemente Montalvo Cortés. Ambos autores desarrollaron una producción lírica y narrativa profundamente influenciada por las brisas marinas del litoral y la fertilidad de los valles de la antigua Villa de Arnedo y Huaral, alcanzando un lugar de respeto en la literatura peruana.

Don Jorge Ortiz Dueñas abrazó desde muy joven la vocación docente, un ejercicio que vinculó estrechamente su sensibilidad con el universo infantil. El profundo amor que profesaba por la niñez lo llevó a escribir sus primeros versos orientados a las aulas, una preocupación pedagógica y estética que quedó plasmada en su tesis académica «La poesía en la escuela». Además de su producción lírica, Ortiz Dueñas demostró ser un cuentista nato, caracterizado por una prosa tierna y una innata capacidad de fabulación.





Por su parte, don Jorge Montalvo Cortés destacó de manera polifacética como escritor, periodista y comediógrafo. En su vida cotidiana, los efluvios de la creación poética marcharon al unísono con su labor periodística y su labor educadora. Célebre por conquistar con sus versos a su dulce Eutropia —quien se convertiría en su actriz predilecta en los montajes teatrales—, Montalvo legó una monumental obra titulada «Álbum de Oro Huaralino». Este compendio de tres tomos reúne antiguas tradiciones, relatos, semblanzas, crónicas y muestras de folclore que hoy constituyen una fuente de consulta obligatoria para investigadores, historiadores y estudiantes.





La trascendencia musical: El genio de Bravo de Rueda y Morales San Martín

El aporte de Chancay a la música peruana posee un carácter ecuménico. El nombre de Jorge Bravo de Rueda Querol está inscrito con letras doradas en la historia del pentagrama nacional. Su inmortal composición «Vírgenes del Sol» fue internacionalizada en 1951 por la prodigiosa voz de la soprano Yma Súmac, quien llevó esta melodía a los escenarios más exigentes del mundo.

Desde su infancia, Bravo de Rueda manifestó una fina inclinación musical, formándose en la ejecución del piano clásico. No obstante, su mayor virtud residió en la asimilación del legado prehispánico para fundar el ritmo de la «danza incaica», conocido posteriormente como fox incaico. En «Vírgenes del Sol», hoy declarada Patrimonio Cultural de la Nación, el compositor describe la majestuosidad del Tahuantinsuyo: el Sol o Inti como divinidad tutelar, el Inca como gobernante supremo y las acllas o vírgenes del sol como el núcleo lírico de la pieza. Esta obra se alza como una de las melodías peruanas más difundidas a nivel global y un pilar fundamental de nuestra identidad.





En una línea de igual relevancia se sitúa Julio Morales San Martín, autor de la célebre polka «Jálame la pitita». Esta pieza ha sido interpretada por agrupaciones de diversos géneros tanto en el Perú como en el extranjero, destacando las versiones de la célebre orquesta cubana la Sonora Matancera y del emblemático cantante criollo Luis Abanto Morales.

Morales San Martín fue un incansable compositor, recopilador y dinamizador de las veladas musicales de su tiempo. Su libro «Glosas en el alma peruana», prologado por el reconocido editor Juan Mejía Baca, da cuenta de un paciente trabajo de rescate del cancionero popular con el fin de salvaguardar la memoria musical del país. El propio Mejía Baca bautizó al autor como «el Gauchito Morales», describiéndolo como un hombre de baja estatura pero de una grandeza escénica imponente, capaz de encandilar al público con su guitarra, picardía y carisma. Asimismo, el editor rastreó los orígenes de Morales en el año 1899 en Chancay, definiéndolo como un «pueblo admirable a través de sus ceramios simples e ingenuos y de sus inigualables encajes y policroma textilería», herencia estética que nutrió el genio de este gran creador.

Continuidad y vanguardia: El panorama de los siglos XX y XXI

La antigua Villa de Arnedo mantiene viva su condición de cantera inagotable de creadores. En el siglo XXI, Chancay continúa albergando a una destacada generación de poetas, narradores e investigadores que transforman la palabra en lírica, metáfora y canto, manteniendo un vínculo directo y comprometido con el devenir social de su comunidad.

El mapa literario contemporáneo se dinamiza con las firmas de autores en plena actividad como Hernán Anaya Arce, Antonio Silva García, Augusto Palomares Bazalar, Karol Balta Cáceres, Américo Tafur Rivera, César Colán Valladares, Neina Gambini y el destacado tradicionista Juan Tapia, custodio de la memoria oral de la villa.

Asimismo, este desarrollo cultural se cimenta sobre el legado imperecedero de aquellos intelectuales que ya partieron, pero cuyas creaciones literarias permanecen vigentes: Adán Mora Rojas, Miguel Carrillo Mora, Eloy Sánchez Medina, ha dejado una huella indeleble en el intelecto regional, demostrando que Chancay sigue siendo, por derecho propio, una auténtica e inexpugnable tierra de poetas, decimistas y compositores.

 

SEMBLANZA PÓSTUMO A OSCAR CASTILLO BANDA.


 

Semblanza a Oscar Castillo Banda: El maestro de la palabra y el verso

 Docente, poeta y escritor, Oscar Castillo Banda nació el 15 de octubre de 1973 en las entrañas rurales de Puña, un pueblo que siempre llevó en el corazón. Este caserío se encuentra ubicado entre los entrañables paisajes del distrito de Tacabamba, provincia de Chota, en el departamento de Cajamarca. En aquellos años de adolescencia, Oscar pudo percibir los momentos difíciles que atravesaba nuestro país debido a las convulsiones sociales. Paradójicamente, en ese tiempo la América viva y el mundo también se vistieron de luto por la partida de tres grandes figuras de la cultura universal: el poeta chileno Pablo Neruda, el pintor español Pablo Picasso y el virtuoso violonchelista Pablo Casals. Estos acontecimientos acompañaron su nacimiento y, de alguna forma, estimularon su intelecto y guiaron su pluma hacia la escritura.

Hoy es necesario que alguien empiece a hablar de su carrera como maestro, de su abnegada vida entregada a la juventud estudiantil, y de los grandes amigos que cosechó en el magisterio y en los círculos literarios. ¿Quién puede hacerlo? ¿Quién puede dar testimonio de sus alegrías, de sus penas y de sus proyectos? ¡Solo los grandes amigos, en nombre de esa amistad imperecedera!

Sus estudios iniciales los realizó en dos escuelas primarias: aprendió sus primeras letras en el Colegio N.° 10465 del caserío San Luis de Puña —tierra de su padre—, perteneciente al distrito de Tacabamba; y culminó el nivel primario en el Centro Educativo N.° 10475 del caserío de Chugur —cuna de su madre—, en el distrito de Anguía. Ambos pueblos pertenecen a la provincia cajamarquina de Chota. Prosiguió sus estudios secundarios en el Colegio de Menores «Víctor Herrera Delgado», en el distrito de Tacabamba, entre el rumor del río y el descanso del valle sobre la pampa.

Desde sus inicios, demostró ser un niño muy responsable e inteligente que cumplía con sus tareas a cabalidad. Cuenta su padre que, una mañana, su profesor le dijo: «Aquí se le dará un lápiz al niño y le enseñaremos a escribir». Grande fue la sorpresa del maestro cuando el pequeño respondió: «Yo ya sé escribir y leer». Era, sin duda, la precoz voz de un futuro escritor y poeta.

A los 17 años, cuando apenas asomaba el umbral de su juventud, decidió dejar su tierra natal en busca de un porvenir. Los ánimos y los deseos de superación fueron su único equipaje. Así, sin medir distancias entre los cuatro puntos cardinales, llegó en la década de los noventa a la cálida y hospitalaria ciudad de Huacho, conocida en la ruta como el Norte Chico. En sus propias palabras, la consideró su segunda casa: «Acogedor pueblo que me ha dado el complemento a mi vida».

Después de una dura batalla por sobrevivir y tras trabajar en diferentes oficios, decidió estudiar con voluntad y sacrificio hasta convertirse en maestro titulado en Lenguaje, Literatura y Comunicación (1994-1998). Fue en ese espacio donde se perfiló hasta transformar la palabra en verso y prosa. En esa etapa de su vida, conoció a entrañables amigos del magisterio y de la Sociedad de Poetas y Narradores de la Región Lima.

Oscar no solo fue un excelente maestro; su experiencia en el ámbito educativo lo impulsó a asumir grandes retos. En el año 2007, fue destacado al colegio del distrito de Pachangara, en la provincia de Oyón, donde desempeñó también el cargo de especialista de la UGEL N.° 14. Luego, fue designado al distrito de Paccho, perteneciente a la provincia de Huaura, donde ejerció como docente de Comunicación durante ocho años. Fue allí donde comenzó a gestar sus proyectos culturales y educativos. Organizó eventos en los que participaron diferentes centros educativos de los caseríos de la provincia, descubriendo así a nuevos alumnos con talento para la poesía y la declamación, y acompañándolos en concursos de nivel regional.

Posteriormente, se desempeñó como especialista en los órganos descentralizados del Ministerio de Educación en la UGEL N.° 09 de Huaura. A mediados de 2015, fue promovido a la Institución Educativa N.° 20334 «Generalísimo Don José de San Martín» de la misma jurisdicción. Rápidamente se ganó el cariño de sus colegas y alumnos gracias a su gran sencillez, capacidad, profunda responsabilidad en el área educativa y excelente disposición para la resolución de problemas.

Como ser humano, Oscar fue un personaje muy querido por la población huachana. Hizo grandes amigos en el campo literario; uno de ellos fue Julio Solórzano Murga, quien lo acogió en la Sociedad de Poetas y Narradores como el gran poeta cajamarquino que era. Ambos caminaron juntos en los avatares y en el buen hacer de la cultura a lo largo de las nueve provincias de la Región Lima.

«Osquítar», como lo llamaban de cariño, consolidó profundas amistades en el círculo de las letras: Juan Zuluaga, José la Chira, Hernán Anaya, Germán Rodas, Celia Ariza, Zuly Infantas, Norka Bríos, Elva Vásquez, Rocío Cunza, Celuva, el maestro Raúl Gálvez Cuéllar y Jorge Aliaga Cacho. Este último recuerda, entre sus anécdotas, que Oscar le entregó una alforja cajamarquina tejida por su madre, pidiéndole que la conservara como un símbolo eterno de su amistad.

A los 43 años, Oscar poseía notables cualidades para la poesía, dignas de los grandes escritores. Enfrentó la vida siempre con una sonrisa. Como lo expresara una colega poeta: «Ayer te vimos alegre junto a nosotros compartiendo poesía, y hoy ya no estás; parece un sueño». Han pasado los días desde su partida y todos los que lo conocimos aún nos preguntamos qué fue lo más importante de su vida y de su deceso, y qué es aquello que lo distingue.

Podemos concluir que lo distingue el haber sido un buen maestro, amigo y consejero de la juventud a su cargo. Prefirió la altura y el frío, entendiendo que despojarse de su propia sabiduría para entregarla a los que menos sabían era un auténtico privilegio. Fue un amigo incondicional, solidario, con muchos proyectos en camino y profundamente comprometido con la literatura regional.

Su legado para la posteridad se resume en «la palabra que nunca muere», una frase muy evidente en una de sus obras, donde expresaba que lo suyo no era un verso ni una poesía común, sino un edicto suelto; una forma particular de mirar y escuchar la vida antes de escribir.

Dejó innumerables amigos y, sobre todo, lectores que hoy se preguntan a dónde habrá viajado: si a París, a La Habana o a un reencuentro en Cajamarca con sus hermanos poetas de Huacho. Sin embargo, partió el día menos pensado, dejándonos como obsequio su última obra: Alas para el viento.

A pocos días del III Encuentro Internacional de Poetas y Escritores 2016, denominado «Jorge Aliaga Cacho» —evento en el que colaboró activamente como integrante de la comisión organizadora—, Oscar falleció un 30 de julio de forma súbita, dejando un enorme vacío en el ambiente literario. Dios quiso a un maestro en el cielo y a un poeta entre sus ángeles.