Semblanza
a Oscar Castillo Banda: El maestro de la palabra y el verso
Hoy
es necesario que alguien empiece a hablar de su carrera como maestro, de su
abnegada vida entregada a la juventud estudiantil, y de los grandes amigos que
cosechó en el magisterio y en los círculos literarios. ¿Quién puede hacerlo?
¿Quién puede dar testimonio de sus alegrías, de sus penas y de sus proyectos?
¡Solo los grandes amigos, en nombre de esa amistad imperecedera!
Sus
estudios iniciales los realizó en dos escuelas primarias: aprendió sus primeras
letras en el Colegio N.° 10465 del caserío San Luis de Puña —tierra de su
padre—, perteneciente al distrito de Tacabamba; y culminó el nivel primario en
el Centro Educativo N.° 10475 del caserío de Chugur —cuna de su madre—, en el
distrito de Anguía. Ambos pueblos pertenecen a la provincia cajamarquina de
Chota. Prosiguió sus estudios secundarios en el Colegio de Menores «Víctor
Herrera Delgado», en el distrito de Tacabamba, entre el rumor del río y el
descanso del valle sobre la pampa.
Desde
sus inicios, demostró ser un niño muy responsable e inteligente que cumplía con
sus tareas a cabalidad. Cuenta su padre que, una mañana, su profesor le dijo:
«Aquí se le dará un lápiz al niño y le enseñaremos a escribir». Grande fue la
sorpresa del maestro cuando el pequeño respondió: «Yo ya sé escribir y leer».
Era, sin duda, la precoz voz de un futuro escritor y poeta.
A
los 17 años, cuando apenas asomaba el umbral de su juventud, decidió dejar su
tierra natal en busca de un porvenir. Los ánimos y los deseos de superación
fueron su único equipaje. Así, sin medir distancias entre los cuatro puntos
cardinales, llegó en la década de los noventa a la cálida y hospitalaria ciudad
de Huacho, conocida en la ruta como el Norte Chico. En sus propias palabras, la
consideró su segunda casa: «Acogedor pueblo que me ha dado el complemento a mi
vida».
Después
de una dura batalla por sobrevivir y tras trabajar en diferentes oficios,
decidió estudiar con voluntad y sacrificio hasta convertirse en maestro
titulado en Lenguaje, Literatura y Comunicación (1994-1998). Fue en ese espacio
donde se perfiló hasta transformar la palabra en verso y prosa. En esa etapa de
su vida, conoció a entrañables amigos del magisterio y de la Sociedad de Poetas
y Narradores de la Región Lima.
Oscar
no solo fue un excelente maestro; su experiencia en el ámbito educativo lo
impulsó a asumir grandes retos. En el año 2007, fue destacado al colegio del
distrito de Pachangara, en la provincia de Oyón, donde desempeñó también el
cargo de especialista de la UGEL N.° 14. Luego, fue designado al distrito de
Paccho, perteneciente a la provincia de Huaura, donde ejerció como docente de
Comunicación durante ocho años. Fue allí donde comenzó a gestar sus proyectos
culturales y educativos. Organizó eventos en los que participaron diferentes
centros educativos de los caseríos de la provincia, descubriendo así a nuevos
alumnos con talento para la poesía y la declamación, y acompañándolos en
concursos de nivel regional.
Posteriormente,
se desempeñó como especialista en los órganos descentralizados del Ministerio
de Educación en la UGEL N.° 09 de Huaura. A mediados de 2015, fue promovido a
la Institución Educativa N.° 20334 «Generalísimo Don José de San Martín» de la
misma jurisdicción. Rápidamente se ganó el cariño de sus colegas y alumnos
gracias a su gran sencillez, capacidad, profunda responsabilidad en el área
educativa y excelente disposición para la resolución de problemas.
Como
ser humano, Oscar fue un personaje muy querido por la población huachana. Hizo
grandes amigos en el campo literario; uno de ellos fue Julio Solórzano Murga,
quien lo acogió en la Sociedad de Poetas y Narradores como el gran poeta
cajamarquino que era. Ambos caminaron juntos en los avatares y en el buen hacer
de la cultura a lo largo de las nueve provincias de la Región Lima.
«Osquítar»,
como lo llamaban de cariño, consolidó profundas amistades en el círculo de las
letras: Juan Zuluaga, José la Chira, Hernán Anaya, Germán Rodas, Celia Ariza,
Zuly Infantas, Norka Bríos, Elva Vásquez, Rocío Cunza, Celuva, el maestro Raúl
Gálvez Cuéllar y Jorge Aliaga Cacho. Este último recuerda, entre sus anécdotas,
que Oscar le entregó una alforja cajamarquina tejida por su madre, pidiéndole
que la conservara como un símbolo eterno de su amistad.
A
los 43 años, Oscar poseía notables cualidades para la poesía, dignas de los
grandes escritores. Enfrentó la vida siempre con una sonrisa. Como lo expresara
una colega poeta: «Ayer te vimos alegre junto a nosotros compartiendo poesía, y
hoy ya no estás; parece un sueño». Han pasado los días desde su partida y todos
los que lo conocimos aún nos preguntamos qué fue lo más importante de su vida y
de su deceso, y qué es aquello que lo distingue.
Podemos
concluir que lo distingue el haber sido un buen maestro, amigo y consejero de
la juventud a su cargo. Prefirió la altura y el frío, entendiendo que
despojarse de su propia sabiduría para entregarla a los que menos sabían era un
auténtico privilegio. Fue un amigo incondicional, solidario, con muchos
proyectos en camino y profundamente comprometido con la literatura regional.
Su
legado para la posteridad se resume en «la palabra que nunca muere», una frase
muy evidente en una de sus obras, donde expresaba que lo suyo no era un verso
ni una poesía común, sino un edicto suelto; una forma particular de mirar y
escuchar la vida antes de escribir.
Dejó
innumerables amigos y, sobre todo, lectores que hoy se preguntan a dónde habrá
viajado: si a París, a La Habana o a un reencuentro en Cajamarca con sus
hermanos poetas de Huacho. Sin embargo, partió el día menos pensado, dejándonos
como obsequio su última obra: Alas para el viento.
A
pocos días del III Encuentro Internacional de Poetas y Escritores 2016,
denominado «Jorge Aliaga Cacho» —evento en el que colaboró activamente como
integrante de la comisión organizadora—, Oscar falleció un 30 de julio de forma
súbita, dejando un enorme vacío en el ambiente literario. Dios quiso a un
maestro en el cielo y a un poeta entre sus ángeles.
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