lunes, 10 de agosto de 2026

Breve ensayo: El hilo invisible entre Sebastián, Floriza y Kafka



 

 Hernán Anaya Arce:

Cruzar el umbral de una página de Franz Kafka es abrir un espejo que se triza frente a nosotros. Para mí, ese laberinto comenzó con mi abuelo Sebastián. Él fue juez en algún tiempo, pero, por, sobre todo, fue un empedernido lector obsesionado con las letras. La vida no le dio la oportunidad de convertirse en el escritor que siempre soñó; sin embargo, en medio de la difícil situación económica de nuestro hogar, me eligió para heredar su ilusión. Me mandaba a leer en su enorme biblioteca, un universo propio repleto de libros, revistas y periódicos amarillentos de los años 60. Gracias a su visión, entendí temprano que la literatura disuelve las barreras del tiempo, provocando el encuentro definitivo entre nuestras soledades y la de Kafka.

La primera soledad es la del propio autor praguense. Aquel hombre frágil que tomó su aislamiento, su dolor y su desconcierto ante la existencia, y los convirtió en arquitectura literaria. Kafka no huyó de sus fantasmas, sino que los nombró. Su dolor dejó de ser una condena privada para transformarse en un testimonio universal sobre la vulnerabilidad y la resistencia humana ante la adversidad.

La segunda soledad es la mía, una que se tejió bajo el cielo gris de los años 80. Eran tiempos de una crisis económica asfixiante, donde la escasez golpeaba con fuerza. En medio de ese desamparo, cuando yo apenas era un adolescente que ya escribía poesía, la tragedia nos alcanzó: mi madre, Floriza, falleció prematuramente a los 40 años. En su lecho de muerte, mirándome a los ojos, me entregó un mandato sagrado: «Nunca dejes de escribir». Aquel juramento fue mi pacto de resistencia contra el absurdo de un entorno que pretendía borrarnos los sueños.

Durante décadas, esa doble promesa cargó el peso de lo invisible. Pero la perseverancia fue mi trinchera. Hoy, al ver mi ilusión convertida en realidad, sé que la literatura es el triunfo de la fragilidad sobre el destino. Reconocerse en las sombras de Kafka nos rescata de la intemperie; nos demuestra que la carencia puede transformarse en arte. En el cumplimiento de mi palabra a Floriza y en el legado de mi abuelo Sebastián, la soledad deja de ser un vacío. Se vuelve poesía.

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