Cruzar el umbral de una página de Franz Kafka es
abrir un espejo que se triza frente a nosotros. Para mí, ese laberinto comenzó
con mi abuelo Sebastián. Él fue juez en algún tiempo, pero, por, sobre todo,
fue un empedernido lector obsesionado con las letras. La vida no le dio la
oportunidad de convertirse en el escritor que siempre soñó; sin embargo, en
medio de la difícil situación económica de nuestro hogar, me eligió para
heredar su ilusión. Me mandaba a leer en su enorme biblioteca, un universo
propio repleto de libros, revistas y periódicos amarillentos de los años 60.
Gracias a su visión, entendí temprano que la literatura disuelve las barreras
del tiempo, provocando el encuentro definitivo entre nuestras soledades y la de
Kafka.
La primera soledad es la del propio autor
praguense. Aquel hombre frágil
que tomó su aislamiento, su dolor y su desconcierto ante la existencia, y los
convirtió en arquitectura literaria. Kafka no huyó de sus fantasmas, sino que
los nombró. Su dolor dejó de ser una condena privada para transformarse en un
testimonio universal sobre la vulnerabilidad y la resistencia humana ante la
adversidad.
La segunda soledad es la mía, una que se tejió bajo el cielo gris de los años 80.
Eran tiempos de una crisis económica asfixiante, donde la escasez golpeaba con
fuerza. En medio de ese desamparo, cuando yo apenas era un adolescente que ya
escribía poesía, la tragedia nos alcanzó: mi madre, Floriza, falleció
prematuramente a los 40 años. En su lecho de muerte, mirándome a los ojos, me
entregó un mandato sagrado: «Nunca dejes de escribir». Aquel juramento fue mi
pacto de resistencia contra el absurdo de un entorno que pretendía borrarnos
los sueños.
Durante décadas, esa doble promesa cargó el peso de
lo invisible. Pero la perseverancia fue mi trinchera. Hoy, al ver mi ilusión
convertida en realidad, sé que la literatura es el triunfo de la fragilidad
sobre el destino. Reconocerse en las sombras de Kafka nos rescata de la
intemperie; nos demuestra que la carencia puede transformarse en arte. En el
cumplimiento de mi palabra a Floriza y en el legado de mi abuelo
Sebastián, la soledad deja de ser un vacío. Se vuelve poesía.

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