sábado, 7 de mayo de 2016

EDUARDO GONZÁLEZ VIAÑA Y HÉCTOR ROSAS PADILLA.


La más bella palabra en labios de una persona hacia el ser amado o el más sublime de los escritos donde figura la palabra Madre es algo que no se puede comparar con ninguna de las emociones que existe en el mundo. Aquí  publico dos textos a modo de reflexión y dedicatoria que escriben dos autores nacionales de reconocida trayectoria dedicados al ser que les dio la vida.

_Una madre podrá tener muchos hijos, pero un hijo solo puede tener una madre.
_ Si tienes a tu madre cerca de ti cuídala y dale todo tu amor, se lo merece.


Estrellas en el firmamento

CUENTO LAS ESTRELLAS CON LOS OJOS CERRADOS

Esta tarde me han llamado del Perú, y lo que me han dicho significa que el mundo se ha terminado. Resulta curioso, por eso, escribir esta carta que no tendrá letras de imprenta ni papel periódico, tampoco remitente ni menos destinatario, porque ustedes y yo, amigos lectores, ya no estaremos mañana sobre el mundo, o tal vez nos habremos quedado dormidos para despertar de aquí a diez mil años.

Aun en el caso de que ustedes no estén muertos ni el mundo se haya terminado, habrá ahora de todas formas un adiós en mi vida, y será el más grande. “Mamá está muy malita, parece que se le cansó la vida, y el médico piensa que ya no hay esperanzas…” –me comunica mi hermana María del Pilar, y agrega que el sacerdote ha llegado y se ha ido, y se olvida de contarme que un ángel se ha quedado cuidando de doña Mercedes, y quizás la está peinando ahora mientras la torna joven y ligerita para que pueda acompañarlo más tarde por esos andares del cielo.

Y por eso mi adiós es tan grande y numeroso. Adiós tendré que decir a oriente y a occidente, y adiós al norte y al sur, porque ella era mi norte y sur, y también mi oriente y occidente. Adiós le digo a mi sombra porque ella me la obsequió. Y mi adiós comprende al caballo alado que dibujó para mí, a los barcos y a los aviones de papel, a la Luna silenciosa, al Sol paternal, al mar transparente y a los cerros soñados de mi tierra, porque a todos ellos los inventó para mí, y adiós por fin a las piedras, a las gaviotas, al pan, a las nubes y al vino, porque todo vino se va con ella. Adiós al adiós, y adiós.

Aquí entre nosotros, de todas formas, creo que dos de sus invenciones van a sobrevivir en esta hora de los adioses. La primera es la palabra escrita, y voy a explicarles por qué. Cuando yo tenía cinco años de edad, una maestra, aburrida de lidiar con un niño sumamente distraído, le dijo a mi madre: “Doña Mercedes: creo que Eduardito no llegará a leer ni escribir. En todo caso, no me parece que pase de la letra “d”. Pero no se preocupe; ya ve cómo el general Odría ha llegado incluso a ser presidente del país”.
Mamá sonrió, agradeció y me sacó del jardín de la infancia, pero ese mismo día en la casa, todas las cosas tenían pegado un cartelito con su nombre, y así supe que la mesa se escribe como se escribe, que la silla tiene cuatro patas pero no camina, y que el tordo vuela, y mi mamá es hija de mi abuela, que la casa se sostiene sobre dos sílabas y la bicicleta sobre dos ruedas, que los barcos navegan en un cielo morado y que el mundo es redondo, tan redondo como la vida, y así aprendí también el color de los colores y la duración de los años, las estrellas, los toros y los peces, y hoja por hoja, aprendí a conocer el árbol de la vida.

No sé si alguna vez doña Mercedes se subió a la Luna para ponerle un cartel escrito, pero a los dos meses Eduardito sabía leer, y ya había decidido pasarse toda la vida aprendiendo a escribir. Creo que fue una conspiración en la que todos tomaron parte; mamá se convirtió en mi diccionario parlante; mi padre me obsequió una pluma fuente y un corazón sin límites, y mi abuelo materno compartió conmigo, a mis ocho años, la lectura de Dante Alighieri y de Gustave Flaubert, en sus originales italiano y francés, porque suscribía la teoría de que los niños nacen con el conocimiento de todos los idiomas, y hay que leer con ellos para evitar que se les pierdan las palabras.

El otro regalo de mi madre fue mucho más sencillo, pero más poderoso: me tomó de la mano derecha y me enseñó a persignarme y a hablar de tú a tú con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; y ese obsequio me ha tornado indestructible porque me hizo saber que no termino en mí mismo.

La palabra escrita me demuestra cada día que somos inmortales y me hace conocer los nombres numerosos del amor. El signo de la cruz me ha hecho hermano de todos los hombres y partidario de todas las ideas y ocupaciones generosas que he encontrado en la vida, y así podré ser simultáneamente cristiano y socialista, realista y mago, abogado y astrónomo, periodista y profesor, y por fin autor de libros y buscador empecinado de la palabra perdida.

Por obra y gracia de estos dos regalos de mi madre, todo volverá a amanecer mañana después de este fin del mundo, y si esta noche miro fijamente hacia los cielos del sur, y cierro los ojos, podré ver el punto de la galaxia en donde vuela ahora la estrella de mi madre con todo ese brillo que vence a la oscuridad sin fin y que llega a mí desde atrás de las lágrimas.

Eduardo Gonzáles Viaña (1941) poeta peruano, Chepén, Perú 

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(Reflexión)

¡Qué grande y asombrosa fue mi madre! Asombrosa por su manera de amar a sus hijos, como solamente las gaviotas aman al mar. Por perdonarnos cuantas veces le hacíamos llorar lágrimas de sangre. Asombrosa por defendernos como una leona de la envidia y la avaricia. Por convertir los pedregales en campos de tubérculos para que el pan no faltara en nuestra mesa. Pero fue más asombrosa aún porque no sabiendo leer ni escribir fue luz en nuestro camino, y luchó a la par con mi padre para que no solamente aprendiéramos lo que ella no sabía, sino para que fuéramos personas ilustradas.

Sí, la verdad es ésta: mi madre sólo conoció algunas letras del abecedario, aunque estoy seguro que le hubiera gustado leer la biblia o escribir un poema, pero lo que sucede es que ella nació en una época en que la escuela no debía estar en los sueños de las mujeres del campo.

Para el mundo, mi madre fue una iletrada, alguien que vivió en las tinieblas. Y el mundo está en lo cierto si nos ceñimos a lo que significa no saber leer ni escribir. Pero si nos olvidamos del diccionario y medimos a las personas por la enormidad de su corazón y lo asombroso de sus acciones y cualidades ¿en qué situación queda mi madre? ¿Acaso las madres necesitan saber leer y escribir para ser mejores que sus hijos? Ellas lo son desde el momento en que comenzamos a habitar su vientre, y ya por siempre lo serán, y jamás se envanecerán de ello como lo hacemos, a veces nosotros, los que no queremos entender que nunca se es mejor o más grande que cuando se es humilde.

¡Quién mejor que mi madre para darnos lecciones, cada segundo de su vida, sobre cómo amar al prójimo como a nosotros mismos! ¡Sobre cómo perdonar a nuestros ofensores! ¡Quién mejor que ella para enseñarnos los misterios del mar y los secretos del campo y los sembríos! ¡Para mostrarnos las armas precisas para salir adelante! ¡Quién como ella para señalarnos el mejor de los caminos: la educación! ¡Quién mejor que mi madre para poner la calma donde había tormenta.”Pero hijo, cálmate y escúchame…” me decía durante mis largas charlas con ella. Y yo la escuchaba nomás, a veces maravillado, y entre mí me decía cuánta luz hay en tus palabras, madre, y qué ignorante soy en muchas cosas de la vida.

Ay mísero de mí que creo haber aprendido casi todo. Sin embargo, a cada instante tropiezo con la misma piedra, y a veces confundo los caminos. Ay mísero de mí que he leído tratados de psicología y sin embargo no puedo llegar a lo más recóndito del alma de los seres humanos, como tampoco puedo calmar a la ira o a la angustia como lo hacía mi madre, con tan solo pronunciar una palabra o dar una mirada.

Mi madre fue dulzura, fortaleza, paciencia, paz, sacrificio, sudor, lágrimas, perdón, entrega y bendición. Pero sobre todo fue amor, bondad y luz, mucha luz, ese prodigioso lamparín a kerosene que, en un primer momento, alumbró nuestra casa de quincha, nuestra infancia. Ese prodigioso lamparín a kerosene que, bajo otras formas, estuvo en nuestra juventud, y lo estará hasta el final de nuestros días, envolviéndonos, acariciándonos, y hablándonos con su deslumbrante luz.

Recién ahora alcanzo a comprender por qué mi madre era todo esto y mucho más. Porque ella, como todas las grandes madres, tuvo mucho del sol, mucho del pan, mucho de la miel y un poco de Dios.

Héctor Rosas Padilla (1951) poeta peruano, Cañete, Perú.

articulos tomados del blog:

_ El Correo de Salem

_ Hola Florencio



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